Horarios

Había recibido ya varias amenazas más o menos veladas y eso me había forzado a permanecer recluído en mi casa durante todo el fin de semana, sin embargo tal vez por un gesto de estupidez, que a algunos les gusta llamar valentía y no deja de ser más que una muestra de la arrogancia de la testorena, decidí salir a la calle el domingo por la mañana.

Desde que había acusado, en un gesto de insensatez supina (¿o era pronadora?), a la junta directiva del club, exactamente al tesorero y secretaria del mismo, de desviar una parte de los presupuestos para la adquisición y posterior comercialización de sustancias presumiblemente ilegales sabía que mis días estaban contados.

Ya conocía desde hace tiempo el carácter torvo y un tanto sádico del tesorero, a pesar que procuraba camuflarlo con cierto aire bonachón, o más bien simplón, que tenía engañados a casi todos pero no caí en la cuenta de las conexiones que la secretaria del club, azzurra de nacimiento, tenía no solo con la Camorra, sino con las emergentes mafias de los paises del Este. Por eso cuando recibí una primera carta en caracteres cirílicos, a pesar que no comprendía nada supe que estaba en el punto de mira.

En cualquier caso y tal vez espoleado por la certeza de que nada podría hacer para evitar que los sicarios eslavos cumplieran su misión, decidí salir a la calle el domingo un poco antes de las 11:00. Al poco de salir y tras mirar varias veces hacia todos los puntos cardinales en busca del cañón con silenciador que sin duda acallaría mis acusaciones me encontré con varios cientos de personas que se habían congregado quien sabe para qué. Sin pensarmelo dos veces me metí en la multitud pensando que ese podría ser el mejor lugar para pasar desapercibido con la mala fortuna que inmediatamente se pusieron a correr ¡y como corrían los muy...!

Para evitar quedarme solo en medio de la calle y convertirme así en un blanco demasiado fácil me puse a correr en medio de la gente y así comenzó durante algo menos de 50 minutos una tortura en la que no hacía más que expulsar sudor por todos los poros de mi cuerpo, aunque no tenía muy claro si se trataba de la consecuencia al esfuerzo físico o bien del miedo a verme de repente encañonado.

A eso de las 11:50, más o menos, la gente dejó de correr y se fue a unos puestos donde les estaban entregando bebidas y una bolsa, yo para intentar seguir camuflandome entre la multitud hice lo mismo.

Cuando ya había recogido la bolsa me dí de bruces con los dos matones, dos armarios rubios con rasgos inequivocamente eslavos que me taladraban con sus ojos, uno de ellos miró su reloj, frunció el ceño y me apuntó con su dedo índice disparandome una bala imaginaria para acto seguido soplar el humeante dedo. En ese momento se dieron la vuelta y se marcharon, yo miró de reojo el reloj y ví que marcaba las 12:01 y en ese momento me dí cuenta que solo un minuto me había salvado pues como todo el mundo sabe, las mafias eslavas solo trabajan los domingos hasta las 12 en punto del mediodía y esta gente son muy pero que muy celosas con sus horarios.

Comentarios

Este año no he podido acudir

Este año no he podido acudir a camuflarte, pero viendo el miedo que llevabas me hubieras dejado atrás.

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