Y los sueños, sueños son, ¿o no?

No recuerdo muy bien como llegué, pero el caso es que allí me encontraba yo, a los pies del acueducto escuchando al insigne Juan Bravo que nos daba las últimas instrucciones a los que habiamos sido elegido para avisar a la ciudad de la inminente llegada de los realistas.

  • Recordadlo bien, en dos horas y media estarán aquí por lo que es necesario que transmitais el mensaje antes que pase ese tiempo, cuanto antes mejor, así habrá más tiempo de preparar la defensa.
  • ¿Y eso será suficiente para derrotarlos? -preguntó uno de los más pesimistas
  • Simplemente ganaremos el tiempo suficiente para que lleguen Padilla con la milicia de Toledo y Zapata con la de Madrid. Con ellos aquí los realistas tendrán que huir o rendirse.

Así, más o menos, comenzó mi periplo por las calles segovianas, avisando de la inminente llegada de los hijos de la gran... majestad.
Iba a pie, pues a mi falta de pericia para cabalgar se unía que no había caballos disponibles, por lo que decidí ponerme mi jubón y mis calzones más ligeros, así como unas sandalias adaptadas especialmente para correr.

Me había llevado conmigo un reloj de arena para ir midiendo el tiempo de forma que no se me echara la hora encima, lo que me permitió llevar un ritmo más o menos constante de poco más de 5 minutos para unas 1200 varas (por supuesto castellanas).

En algunos puntos, más o menos cada legua, algunos vecinos me sacaban una jarra con agua para refrescarme.

Al fin al cabo de casi 4 leguas y algo menos de una hora y 50 minutos volvía a los pies del Acueducto donde tras informar a uno de los oficiales de Juan Bravo que había cumplido la misión, me dispuse a comer algo. Me encontraba exhausto pero feliz y en el momento que puse mis dientes sobre el pan, todo se oscureció volviendose completamente negro. Una extraña música sonaba mientras yo abría con dificultad los ojos.

Apagué la música pulsando sobre un extraño artefacto que se encontraba en la mesilla. No se como pero yo sabía que esa cosa se llamaba movil (y en otros sitios celular), y que servía para hablar con otra gente a distancia. De haberlo tenido un poco antes podría haber avisado a la gente sin tener que darme la paliza.

Me levanté de la cama y me asomé por la ventana, estaba en una habitación en el centro de Segovia, y en la cama de al lado dormía mi hijo pequeño. En la habitación de al lado estaba mi pareja y mi hija. Al parecer nos encontrabamos en un hotel, y no se por qué empleaba esa palabra en lugar de fonda, que era mucho más apropiada.

Tras ducharme y vestirme con una camiseta técnica y unas mallas cortas, ¿y por qué no lo llamaré jubón y calzones?, me puse las zapatillas y el reloj que no era de arena, y que además de decirme el tiempo me decía también la distancia recorrida y lo acelerado que iba mi corazón ¡cómo si eso me sirviera a mí!.

Cogí en brazos a mi hijo y tras cambiarlo de habitación salí a las calles vacías de Segovia poniendo rumbo al Acueducto donde unas personas muy amables me dieron una bolsa con un montón de cosas, entre las que había otra camiseta, un chubasquero (vamos lo que se dice una capa para protegerse de la lluvia), un papel con el número 2419 que tenía que colgarme en el pecho y algunas cosas más.

Resultaba un sueño muy extraño, pues sin duda de eso se trataba, en el que la gente, incluido yo mismo, vestía de una forma un tanto extravagante, y por las calles circulaban coches sin caballos, al menos sin caballos que se vieran, porque según le escuché a uno al referirse a una de esas máquinas ruidosas, decía que tenía ¡más de 150 caballos!.

Como yo sabía que era un sueño decidí dejarme llevar, sin preguntar y tomandolo todo como algo normal, al fin y al cabo sin saber como, todas las cosas raras que había por ahí, de alguna forma sabía no solo como se llamaban sino en algunos casos hasta utilizarlas.

Después de desayunar con la familia volvimos otra vez al acueducto donde se agolpaba ya un montón de gente que estaba mirando al cielo. Allí un gran pájaro de hierro, que se llamaba avión, escupía de su vientre a personas que se lanzaban al vacío colgados de unas curiosas telas. Logicamente esas telas no podían llamarse sino paracaidas, porque eran precisamente para eso, para las caidas.

A eso de las 10:30 y cuando esperaba, y no se por qué, el sonido de un disparo, sonó un estruendoso cañonazo. Así son los segovianos, para qué disparar un ridículo tiro de pistola pudiendo hacerlo con un gran cañón.
El caso es que tras el disparo nos pusimos todos a correr, pues de eso se trataba, y yo iba diciendo, que yo ya he corrido esta noche, 21 kilómetros (nuevamente no se por qué ya no pensaba en leguas, ni varas, ni palmos, sino en metros y en kilómetros).

Al pasar por una alfombrilla que pitaba pulsé un botón de mi curioso reloj pensando que aunque debía ser más preciso, me gustaba mucho más mi reloj de arena, supongo que porque era real y no una quimera como el que llevaba en este sueño.

Enfilé el primer kilómetro cuesta abajo junto a otros 4000 soñadores más, aunque tal vez no estuvieran soñando como yo y ellos no eran más que extras de mi sueño.

Aproximadamente hacia el kilómetro 1 me encontré con Alfonso, a quien yo sabía que conocía aunque no le terminaba de ubicar en ninguna de las milicias comuneras. Charlando tranquilamente subimos los kilómetros dos y tres. Un poco antes del cuarto kilómetro, cuando ya el recorrido volvía a ser cuesta abajo dejé a Alfonso y me puse a perseguir a un tío que llevaba una camiseta de Valladolid, supongo que no será de Villalar, espero que no lo sea, me iba diciendo sin saber muy bien por qué ese recelo hacia Villalar.

Hacia el kilómetro 6 y hasta el 7, coincidiendo con el paso por un parque junto al río el recorrido perdía pendiente y era practicamente llano, como si quisiera avisar de la cuesta que vendría a continuación y que comenzaba a los pies del Alcazar, donde fuera de mi sueño se encontraban un grupo de traidores realistas.

Encaré con calma la subida, dura y larga entre los ánimos del mucho público que se agolpaba a los lados. Pasé junto a una estatua de mi admirado Juan Bravo que me saludó con un casi imperceptible guiño.
La subida te llevaba hasta casi el kilómetro 10 donde me esperaba mi familia. Cuando pasé por allí, tras algo más de 52 minutos desde que empecé, paré para repartir unos besos rápidos y dejarles unos sudorosos guantes; menos mal que no me había puesto los guanteletes de la armadura.

Desde ahí y hasta el 11 la cosa iba cuesta abajo por lo que aproveché para recuperar y darme cuenta que hasta ese momento estaba haciendo el mismo recorrido que hice durante la noche para avisar a la gente de la llegada de los mercenarios del rey.

A partir del 11 comenzaba otra cuesta, más larga y más dura que las anteriores que terminaba hacia el 14 ó 15. Desde ahí y hasta el 17 se alternaban pequeñas cuestas arriba con otras que iban hacia abajo, y a partir de ese 17 llegaba la tantas veces anunciada por el público, cuesta abajo final que nos conduciría en 4 vertiginosos kilómetros hasta el final, cruzando antes dos veces por el Acueducto donde volvía a ver a mis chicas y a mi chico.

Al pasar bajo el acueducto por última vez, había otra alfombrilla con pitidos y paré en ese momento mi reloj, que marcaba 1 hora 47 minutos y 55 segundos. Tras recoger una bonita medalla me abalancé sobre un pan preñao, un bollo un vaso de caldo y otras bebidas, mientras pensaba que seguro que en cuanto le hinque el diente me iba a despertar, pero lo cierto es que me comí el preñao, me bebí el caldo, luego me fui a comer cochinillo y todavía no he despertado.

Comentarios

Pues confío en que nos veamos

Pues confío en que nos veamos en la media de Hoyos, Dani, porque en la de Madrid está claro que va a ser que no (no tenía pensado ir).

Espero que os haya ido muy bien.

Hostias

Pedazo de tiempo chaval. Lo mejor de todo el avituallamiento... ¿Nos vemos en la Media?

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